
En el día de hoy no celebramos, reivindicamos nuestra existencia y exigimos que se nos deje de matar.
Porque esta cultura machista, clasista, colonizadora y racista se ha encargado de matarnos tanto simbólica como físicamente, pero apostamos a los cambios de paradigma, a la lucha organizada y colectiva desde las bases de la sociedad civil y es por eso que hoy decimos PRESENTE.
En los años 2011 y 2012 se sucedieron una serie de asesinatos en nuestro país, que sembraron el terror entre nuestras compañeras, principalmente entre quienes en ese entonces ejercimos y aún más quienes aún se encuentran en situación de trabajo sexual en las calles, que se conquistaron con dolor de las compañeras que nos precedieron poniéndole el cuerpo a la persecución y criminalización avalada por el decreto de razzias, vigente hasta el 2005.
Fue principalmente en el Prado y el Parque Roosevelt lugares arbolados, aislados, sin tránsito donde los o el asesino con todo su odio y cobardía logró o lograron materializar estos travesticidios y transfemicidios que nos arrebataron cuerpos trans que gran parte de la sociedad aún considera cuerpos desechables.
En ese momento la prensa titulaba la noticia con frases del estilo: “Fue encontrado muerto un hombre con tacos que ejercía la prostitución” utilizando casi con un tono burlón el contexto y la persona, donde se negaba al 100 % la identidad de género de las víctimas. Haciendo así un doble asesinato, matando su identidad en todas sus dimensiones, dejando en claro que no importaba un colectivo de personas que la sociedad relega a los márgenes que ella misma creó para expulsar a quienes no obedecen los mandatos de la hegemonía. Lo importante era resaltar el contexto, y obedecer a la violencia que implica el borramiento de una identidad que aún hoy tiene un alto costo habitar. Todo eso con la clara intención de generar que nadie se identificara con estas víctimas, instalando la idea de que al final se trató de una suma de malas decisiones que las hizo estar en el lugar y en el momento equivocado. Dejando incluso sobrevolar la idea de que se tratara de “ajustes de cuenta”.
Las únicas que en ese momento decíamos que se trataba de un asesino serial fuimos nosotras, algunas solo podían recurrir a tejer diferentes mecanismos de protección viviendo con el miedo constante de ser la próxima, mientras que otras estábamos de alguna forma exiliadas, viviendo fuera del país y sin volver ni siquiera de visita porque el miedo a ser asesinada era cada vez mayor.
Esa lucha de la búsqueda por la verdad, a través de estos años la hemos vivido casi en soledad, y casi en el silencio total, aunque en los últimos años sumando aportes de personas de la diversidad, y más recientemente de algunos feminismos, y artistas comprometides con los derechos humanos. Apoyo que fue fundamental en el momento de la aprobación de la Ley Integral Para Personas Trans, que significaría un marco de protección y garantías de derechos si realmente se materializara su cumplimiento.
Hoy necesitamos más que nunca del apoyo de todas las personas, de los medios de comunicación haciendo uso responsable del manejo de la información, de los políticos y políticas que hoy les toca ocupar espacios de responsabilidad, y principalmente de parte del Poder Judicial que actúe consecuentemente con el marco de derechos en el que nuestro país se compromete.
En el mes de marzo de este año otra compañera trans, en el ejercicio del trabajo sexual en la ciudad de Las Piedras fue víctima de un nuevo ataque de transmisoginia, que por las características de la agresión, se trató de un intento de otro travesticidio.
Por eso nosotras no hablamos de hechos aislados, cuando el motor de estos crímenes son el odio basado en la identidad de género, sumado al contexto donde se encontraban, que para muchas de nuestras compañeras sigue siendo la prostitución el destino obligatorio. Esto es así porque aún cargamos con miles de prejuicios basados en cómo debe ser la apariencia de una persona al momento de buscar un trabajo, sumado a las trayectorias educativas interrumpidas por motivos de discriminación en los centros de estudios, o incluso la expulsión de las propias familias a edades muy tempranas, que como consecuencia lograron dejarnos corridas hacia los márgenes de la sociedad, y que muchas veces hasta se nos ha expulsado de los propios márgenes, generándose una opresión lateral, complejizando aún más este problema.
Esta vez le salvó la vida otra compañera trans en su misma situación, que volviendo a la esquina la encontró tirada en el piso con un corte profundo en el cuello y a punto de desangrarse. Pero ni Kiara, ni Gabriela, ni La Pochito, ni Casandra, ni La Brasilera, ni Pamela, ni a Angela (asesinadas entre 2011 y 2012), ni Samantha (asesinada en 2015), ni Verónica (asesinada en 2016), ni Fanny (asesinada en 2018) tuvieron la misma “suerte”.
Hoy en el año 2021 seguimos sin tener respuesta por muchos de estos travesticidios y transfemicidios, así como tampoco tenemos respuestas eficaces por parte del Estado frente al fuerte impacto de la pandemia aplicando debidamente la ley 19684, siendo la pensión reparatoria destinada a las sobrevivientes del terrorismo de Estado, y gracias al efectivo monitoreo que realizan las compañeras de ATRU, la única política pública que se viene ejecutando efectivamente.
Nosotras, nosotros y nosotres seguiremos insistiendo en que mientras no lleguemos al cambio cultural que tanto se dice por ahí, necesitamos que ese proceso se acompañe no solamente aprobando leyes desde el Parlamento para unos u otros colectivos vulnerados, sino que finalmente se ejecuten y se incorporen en la práctica tanto de los servicios del propio Estado como en las instituciones privadas. Y en ese sentido creemos que la posibilidad de proyección fuera del ejercicio del trabajo sexual como único destino nos puede salvar la vida. ¡Es por esto que exigimos el cumplimiento de los cupos aplicados a todos los llamados que realice el Estado en sus 3 niveles de gobierno!
Entre otras cosas, esta situación de pandemia dejó en evidencia que el derecho a la salud no es igual en todos los niveles. El hashtag quédate en casa no pudo ni puede ser aplicable para todas las personas, porque, ¿qué pasa con quienes no tienen casa donde quedarse?
Muchas de las compañeras trans privadas de libertad en el momento de salir de las cárceles encuentran en la calle o en los refugios el único lugar posible donde vivir. Y quienes ejercen el trabajo sexual no han tenido respuestas específicas para resguardar su integridad física, teniendo que seguir su cotidianeidad que requiere el contacto estrecho y la imposibilidad del uso de tapabocas al momento de ganarse el dinero que le posibilite llevar un plato de comida a su mesa.
Olla popular trans
La olla popular trans viene siendo una de las pocas respuestas frente a esta situación, que viene siendo sostenida a través del colectivo CTU desde el año pasado y que hoy envía canastas a alrededor de 500 personas trans en todo el país, recibiendo donaciones y también poniendo dinero del bolsillo de sus propios integrantes.
Entendemos que la salud se debe abordar en toda su dimensión, no solo pensarla en clave de curar una enfermedad, por eso entendemos que es urgente un serio abordaje de la salud mental, el consumo problemático y el aumento de suicidios en la población joven (donde las investigaciones e informes llevados a cabo por este gobierno carecen absolutamente de perspectiva de género y diversidad, ejes sumamente importantes para buscar una solución efectiva a este flagelo).
Los hombres trans también sufrimos violencia, desde nuestras familias al negarse a reconocer nuestra identidad, desde los centros educativos, desde el sistema de salud cuando debemos realizarnos un examen ginecológico en un lugar donde el imaginario social asigna únicamente para las mujeres, el no acceder a un trabajo y que también el comercio sexual sea una salida que se está visibilizando cada día más.
El mandato de la masculinidad lleva a que al no tener acceso al trabajo y por lo tanto no poder sostener a nuestras familias, lleva a que los intentos de suicidio y la materialización de los mismos sean más frecuentes. El año pasado nos enteramos de dos compañeros que se suicidaron y hace pocas semanas fue Ezequiel, eso sin contar a todos aquellos que lo hacen y al no ser reconocidos como varones en sus familias no nos enteramos.
Los suicidios trans merecen un debate serio en torno a la búsqueda de la solución, y lejos de eso aún seguimos escuchando discursos patologizantes, que intentan a través de una supuesta “cura” borrar nuestra identidad de género aplicando las llamadas “terapias de reconversión”, práctica que en el presente llevan adelante algunas organizaciones vinculadas con la fe cristiana.
La masculinidad trans no puede ser vista desde el lugar de privilegio porque los varones trans pobres, gays, afro, en situación de discapacidad, que viven en los asentamientos, no están en ese lugar de privilegio, son expulsados de los centros educativos, no acceden al trabajo ni a tratamientos médicos porque en este contexto hay salud para ricos y negligencia para pobres. No todos tienen trabajo, no todos pueden estudiar, no todos pueden tener atención en salud de calidad.
Tanto las masculinidades trans como las feminidades travestis/trans no somos una bandera insignia en septiembre ni en el Pride en junio, para legitimar a nadie, ni hacer que las empresas vendan más. Celebramos la representatividad frente a la negación de nuestras existencias, siempre que esto se traduzca en acciones concretas de ofertas laborales e incidencia real sobre nuestras vidas. Para poder proyectarnos más allá de la corta expectativa de vida que aún no supera los 40 años necesitamos del compromiso de todos, todas y todes. ¡Y que nos dejen de matar!
Proclama 23 de setiembre – Día de la Reivindicación de las Identidades Trans
LAS VIDAS TRANS IMPORTAN.