Sin perder la ternura jamás

Sus ojos se cerraron y con el último suspiro de vida que le quedaba, le susurró al oído a su hija Norma un “te quiero” frágil y profundo. Fue el último de miles que de una u otra manera le transmitió a lo largo de su vida a esa hija que lo cuidó y amó para toda la eternidad.

José Machado, «Machadito», dejó de respirar a sus 93 años de edad, pero eso es apenas una circunstancia de la vida. En realidad, para su hija Norma y para mucha gente, él seguirá presente en el recuerdo, en el cuidado de la memoria de una vida que quedará terca y obstinadamente viva para siempre.

Nacido en Durazno, llegó joven a Montevideo en busca de una oportunidad y aquí encontró un lugar para trabajar y militar, en su afán por cambiar el mundo. Fue militante de la UNTMRA, grabó su nombre en la historia de la resistencia al fascismo cívico militar de los años 70 cuando salió caminando con los brazos en alto del Seccional 20 del Partido Comunista del Uruguay, un 17 de abril en el que la represión escribió una de las páginas más repugnantes de la historia uruguaya. «Machadito» recibió la furia del odio con forma de bala con inequívoco destino de muerte cuando le dispararon a la cabeza. Porfiado, sobrevivió. Porfiado, resistió. Terco, siguió militando. Obstinado, apostó por el amor. Y cuidó a los suyos.

Su hija Norma, recuerda que con el retorno de la democracia José no quería hablar de lo que le había tocado vivir. “Se lo guardaba para adentro, creo que en el fondo tenía cierto temor porque volvieran los militares, porque la institucionalidad no estaba tan firme. Y en aquellos años él no hablaba casi nada de la tortura ni del sufrimiento. Nos estaba cuidando”.

Después la vida siguió. Norma tuvo seis hijos y «Machadito» fue un abuelo ejemplar. Protector, comprensivo, amoroso y tolerante especialmente con los dos nietos a los que la vida golpeó con mayor inclemencia. Los recibió en su casa, no les reprochó nada, intentó cubrir tanto dolor de vidas rotas –de esas que los recovecos del destino empujan a la intemperie de todo- y los abrazó.

Ya viejito y cansado, ese abuelo heroico, comprendió que las fuerzas comenzaban a escasear. Norma se lo llevó a su casa y allí le dio el necesario refugio de paz, después de tanta vida entregada a los demás.

Machadito y su hija Norma se contaron sus penas, sus alegrías y sus tristezas. Fue un tiempo de emociones fuertes. De persistente construcción de amor. De perdones y sobreentendidos. Él casi ciego y con poca audición, de todos modos escuchaba a su hija todos los días cuando ella le leía las noticias. Y ella aprovechaba cada día y cada noche, a decirle «papá te quiero».

Sus últimas horas fueron en paz. Sin que mucha gente supiera que uno de los corazones más nobles y valientes que se han conocido en esta tierra, comenzaba a apagarse y a dejar de latir.

Norma supo que su papá se iba. Que -ahora sí- había llegado el momento para ese gran hombre de descansar en paz.

Ella se le arrimó al oído y le dijo por última vez; «papá, te quiero».

Y él le apretó su mano y se durmió en paz.        

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