La realidad fotografiada

Se lo puede ver en marchas, medio entreverado entre andamios y carteles, cada vez que el movimiento sindical se moviliza, pero también en las actividades masivas emblemáticas de cada 8M o 20 de mayo, cuando la memoria lo invade todo. Allí va él con su cámara y sus lentes que casi todo lo pueden.

Gianni Schiaffarino nació en Montevideo. Creció y marcó sus primeros goles cerquita de la plazoleta del Viejo Pancho, esquina de la ciudad de la calle Libertad que albergó durante décadas al histórico Bar y Café La Hacienda, donde conspicuos parroquianos se dieron cita a contar sus historias de fábulas y leyendas.

La infancia transcurrió en tardes y siestas veraniegas de modorra del barrio Pocitos que dejaron pinceladas de encanto de arquitectura soñada. Dicen las crónicas, que en las canchitas del barrio asomaba un crack en potencia, de tranco elegante y firme, de pierna fuerte si el partido lo ameritaba. Típico lateral de esos que despiertan la ira de las hinchadas contrarias contra el tejido. Y lejos de amedrentarse, él era de los que se acomodaba las medias y miraba de reojo a quienes se colgaban de los alambrados. Dicen que por momentos salía jugando de atrás como Schiaffino, en porfiada simbiosis de ilustre linaje con el monumental mediocampista aurinegro Juan Alberto, el que fue considerado uno de los mejores del siglo XX. Dicen las crónicas de época, que Gianni despertaba elogios y comparaciones imposibles, a los diez años.     

Hijo de padre y madre bancarios y militantes de AEBU, Gianni y su familia emigraron a España allá por el 2002, cuando la crisis lo arrasaba todo. Llegaron a una isla refugio y remanso que fue tierra de bienvenida para unos cuantos miles de compatriotas. Tenerife, la más grande de las Islas Canarias, fue el rincón del mundo en el que pudo crecer, con ciertos resabios de nostalgias de adultos, que daban paso a nuevas miradas, tonalidades y matices por descubrir.

«Nunca me sentí rechazado por ser inmigrante porque como andaba bien al fútbol, me aceptaron rápidamente. Me pude integrar y me sentí muy cómodo en Tenerife. De todos modos, en todo momento te das cuenta que ese no es tu lugar. Que esa no es tu tierra».

Dicen las crónicas deportivas españolas que Schiaffarino solía dejar la zaga y subir en busca el arco rival. Y que al volver a su área, solía hacerle sentir el rigor del marcador del Río de la Plata a los desprevenidos y arriesgados delanteros rivales. «El técnico me quería en el cuadro porque era el único que metía alguna que otra medio dura. Cuando había que pegar yo no tenía problema en ir fuerte».

A los catorce años la familia decidió retornar a Uruguay y el reencuentro fue con el barrio y con el liceo San Juan Bautista, donde había cursado antes de su partida.

Allí en Pocitos, cerquita del Viejo Pancho, todo estaba cerca pero muy cerca estaba la Arquitectura. Por sensibilidad y pertenencia al barrio ornamentado y embellecido por Ramón Bello y Alberto Reborati. Gianni hoy es casi arquitecto y al parecer, en poco tiempo culminará algunos asuntos pendientes con cuatro materias que le faltan para obtener el título. De todos modos y más allá de ese conocimiento adquirido a base de unos cuantos años de carrera, su pasión, su amor verdadero, es la fotografía.

«No creo que por trabajar en un proyecto de arquitectura o lo que sea, termine llorando de emoción como sí me ha pasado con alguna instancia en el fotoperiodismo».

Gianni no se olvidará más el día que en el PIT-CNT se anunció públicamente que se habían alcanzado casi 800 mil firmas para habilitar el referéndum contra 135 artículos de la LUC. Después de una campaña larga, silenciosa, en plena pandemia, donde los recursos fueron acotados y hubo que arreglárselas con mucha imaginación, solidaridad y empuje, más que con logística y despliegue técnico, la noticia de haber superado la barrera de las firmas fue un momento de explosión de emociones y fueron muchos y muchas quienes rompieron en llanto en señal de alivio, luego del agotamiento de una campaña extenuante.

Si bien Gianni Schiaffarino se siente absolutamente en sintonía con los reclamos del movimiento sindical y sus luchas, no deja de tomarlo con la distancia necesaria de ser un trabajo. «Creo que es lo mejor, poder mantener cierta distancia más allá de las coincidencias con las reivindicaciones sociales».

Su vida implica estar atento. No distraerse. Días y noches obstinados, con la cámara Nikon y la bici Cannondale siempre dispuestas. Mate tempranero, radio matutina sintonizada en M24, 

«Retratar la historia, poder ver la realidad fotografiada es lo que me encanta hacer; salir a buscar esas imágenes que marcan el tiempo que estamos viviendo».

En Uruguay, las coberturas de marchas y movilizaciones no suelen tener mayores riesgos para periodistas, camarógrafos y fotógrafos, en comparación con otras partes del mundo. «Acá nunca tuve problemas, en cambio cuando fui a cubrir a Buenos Aires la final y los festejos por el título de Argentina del Mundial en Qatar, por momentos la pasé mal. Hubo mucho descontrol. El ambiente estaba pesado. Incluso me robaron un lente. Y también sentí miedo en incendios forestales, porque me vi rodeado y tuve que salir corriendo. Pero yo sentía que tenía que estar en ese momento en esos lugares». 

Las fotos de momentos emblemáticos, esas que marcan situaciones especiales, Schiaffarino las ofrece a sus contactos de agencias y suele venderlas como parte de un trabajo poco visibilizado. «No es solamente ir a un lugar y hacer una buena foto. Después tenés que mostrarla, ofrecerla, tratar que le interese a alguien y si te va bien, la vendes». 

Gianni no sabe si hoy puede ser identificado por «su estilo propio» en la fotografía, porque su proceso de trabajo es de búsqueda permanente. Lee y observa todo lo que puede en redes, sitios de agencias o cuentas personales de fotógrafos referentes a nivel nacional e internacional. Tampoco le desvela cómo lo vean en el medio, no por vanidad sino por sencillez. Lo suyo es buscar cada día algo que valga la pena. Y que eso sirva para alguien. Piensa el fotoperiodismo en clave social y en perspectiva de derechos. Sabe de qué lado del disparo de obturador está parado y no duda en elegir los puntos cardinales de un tiempo de definiciones drásticas para el país y especialmente para las nuevas generaciones.

El flaco de la sonrisa generosa, con la mirada atenta y esa particular forma de aparecer -casi sin ser visto- para capturar para siempre una imagen instantánea feroz y poderosa. Dirán las crónicas del futuro que por estas calles y este tiempo, en las movilizaciones del PIT-CNT y en casi todos los acontecimientos importantes de la época que le tocó vivir, anduvo un flaco crack, de esos que aparecen de vez en cuando. 

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