La curadora de heridas

Virginia es enfermera y hace muchos años que se dedica a curar heridas. Es toda una experta. Si bien desde chica la danza acompañó su vida a partir de su ingreso a la Escuela Nacional de Danza, en realidad ella es un latir en la edad del cielo. Un capricho del sol.   

Nació en Cardona, departamento de Soriano, en medio del campo y en un entorno verde único, precioso en el que trabajaba su papá como peón rural. De niña jugó con plantas, con la luna y con caballos. Era toda una jineta que cabalgaba por las praderas y ayudaba a cuidar los animales entre tanta libertad y sin horarios de grandes.   

Cuando comenzó a faltar el trabajo, la familia se vino a Montevideo, en busca de alguna oportunidad. Y si bien no fue sencillo, de a poco las cosas se fueron acomodando. La familia se instaló en el entorno del Parque Batlle y Virginia fue a la escuela del Estadio Centenario. Lo primero que la sorprendió fue ver que acá las y los niños jugaban de a muchos. Casi nunca solos. Ella que se acostumbró sola y de chiquita a jugar con pájaros entre los árboles, no entendía por qué acá casi nadie jugaba solo. Otra cosa que le llamó la atención sucedió cuando su mamá la anotó en un instituto de inglés. En pleno descubrimiento de la capital, de una nueva casa, del asfalto, los ruidos, los autos y las luces de la ciudad, tuvo que aprender un idioma raro. Todo era distinto que en las praderas de Soriano. “Para poder vivir en Montevideo los niños tenemos que aprender a hablar en inglés”, le explicó a su abuelo cuando lo fue a visitar el verano siguiente en un inolvidable viaje en la ONDA. 

Así pasó la infancia, el recorrido por los liceos 8, 3 y 14, la adolescencia fugaz y muy rápidamente llegó la hora de aprender a ser mamá de Lucía, la primera de sus cuatro hijas.

Virginia fue una mujer feliz hasta que comenzaron las amenazas, a las que inicialmente, no le dio mayor trascendencia. “Al principio le restaba importancia”. Después el tono de cada carta o mensaje fue peor. Y de a poco, el miedo comenzó a ocupar un lugar en su vida y en la de sus hijas.

Hasta que una tarde, casi de nochecita, cuando caminaba por la vereda al salir de su casa, recibió un empujón furioso, decidido, lleno de odio, que estrelló su cabeza contra la pared. Al instante, sintió algo frío en la espalda. No pudo ver quién estaba detrás, pero sintió cómo algo muy punzante le perforaba la espalda. Mareada, sangrando, sin entender qué estaba pasando, sintió pasos que se alejaban corriendo y un auto que se iba a toda velocidad. A los pocos segundos -que fueron eternos- logró llegar hasta lo de una vecina para pedir ayuda.

Aquel ataque infame –que dejó secuelas y cicatrices- fue el corolario de varias amenazas de un varón cargado de odio, conocedor de sus privilegios de impunidad. “En aquella época la violencia de género no estaba visibilizada como ahora. Cuando hice la denuncia en la Comisaría de la Mujer me dijeron que volviera cuando (el violento) apareciera de nuevo”.

Para Virginia, reconstruir la vida incluyó -entre muchas otras cosas- hasta el cambio de apellido de una de sus hijas. Y no fue sencillo superar el miedo. El miedo siempre resiste más de lo que imaginamos. Miedo a no saber quién camina detrás en la calle, miedo a Montevideo, a la ciudad cuando está oscura, el natural, comprensible pero espantoso miedo a que el violento pueda volver a atacar incluso con más furia y a no fallar esta vez.   

Al poco tiempo, Virginia y sus hijas y un nuevo compañero, tomaron la decisión de irse de Montevideo y se instalaron en un precioso espacio de la costa de Canelones. Allí la vida puso las cosas en su lugar. Crecieron las flores, la casa se llenó de canciones, de risas y de proyectos.

Así fue que Virginia, comenzó a trabajar como enfermera en una policlínica de ASSE de Canelones, y al mismo tiempo retomó los estudios en un curso de registros médicos. Pero además se inscribió en el liceo nocturno para terminar sexto y concursó y ganó una beca para capacitarse en gestión cultural en la ORT, lo que le permitió desarrollar un proyecto educativo cultural en La Floresta, que incluyó clases de teatro, danza y música, entre otras. Ella, la curadora de heridas, finalmente, pudo mitigar –aunque nunca sanar totalmente- su propio dolor.

“Me duele que cuando pasó todo aquello, mucha gente del entorno, silenció y hasta protegió al que me atacó. Mucha gente hizo una especie de pacto de silencio y hasta me dejaron de hablar. Y él siguió un tiempo con su vida social y su militancia como si nada. Por eso me fui lejos. Fue una decisión familiar pero también una necesidad. La violencia fue múltiple, además de la puñalada y los golpes, hubo una especie de abandono de mucha gente que optó por mirar para otro lado. Claro que ahora las cosas cambiaron y mucho y eso lo he hablado mucho con mis hijas para que entiendan que no deben callar, que si algún día les toca ver o vivir una situación de violencia de género, que no se sientan solas porque no van a estar solas”.

Hoy Virginia -a pesar de las pesadillas que de tanto en tanto vuelven a atormentar el sueño y no la dejan en paz- es feliz. Estudia, trabaja en ASSE y en el PIT-CNT y tiene «un montón de proyectos».

Este 8M va a parar y de nochecita marchará levantando banderas y reclamos históricos. 

Con sus cicatrices en la piel, siempre dispuesta a curar heridas.   

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